La celebración de la Eucaristía es el acto más sagrado que tiene la Iglesia, es el centro y culmen de la vida cristiana. La Eucaristía es un evento maravilloso en el cual Jesucristo, nuestra vida, se hace presente. Participar en la Misa “es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. El Señor se hace presente en el altar para ser ofrecido al Padre por la salvación del mundo” (P. Francisco, Homilía 10.02. 2014)
“En la Misa, la homilía es la piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un Pastor con su pueblo. De hecho, sabemos que los fieles le dan mucha importancia; y ellos, como los mismos ministros ordenados, muchas veces sufren, unos al escuchar y otros al predicar. Es triste que así sea. La homilía puede ser realmente una intensa y feliz experiencia del Espíritu, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento” (E G, 135).
En la predicación, es Dios quien quiere llegar a los demás a través del predicador, Él despliega su poder a través de la palabra humana (Cf. E G, 136). Es el diálogo de Dios con su pueblo. La homilía no puede ser un espectáculo entretenido, no responde a la lógica de los recursos mediáticos. La palabra del predicador no puede ocupar un lugar excesivo, porque quien tiene que brillar es el Señor y no el ministro.
En la homilía se reflexiona sobre la Palabra de Dios proclamada y se iluminan las diversas realidades eclesiales, familiares, sociales, entre otras. No es el momento para exponer criterios personales, temas ideológicos o hacer política partidista. El pastor está llamado a unir al pueblo, nunca a dividir y a fomentar enfrentamientos entre hermanos. No podemos utilizar el espacio sagrado para atacar a quienes piensan diferente o no están de acuerdo con nuestro proceder. La función del predicador es servir a Dios, transmitiendo la fe de la Iglesia. No se trata de un instrumento para que el religioso dé a conocer su parecer o su visión subjetiva de algún acontecimiento, sino que es un medio para evangelizar a los fieles y anunciarles a Cristo resucitado. Es manifestación de poquísima humildad y mucho clericalismo pretender tener el monopolio en la interpretación de las realidades sociales y políticas.
“Todos los cristianos, también los Pastores, estamos llamados a preocuparnos por la construcción de un mundo mejor. El pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo” (EG. 184).
La preparación de la predicación es una tarea tan importante que conviene dedicarle un tiempo prolongado de estudio, oración, reflexión y creatividad pastoral. A los sacerdotes nos hace bien renovar cada día nuestro fervor al preparar la homilía, y verificar si en nosotros mismos crece el amor por la Palabra que predicamos. En esta época la gente prefiere escuchar a los testigos y exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos conocen y tratan familiarmente. Las palabras pueden resultar ineficaces si falta el testimonio de vida.
No olvidemos que el mejor servicio que podemos hacer a los pobres es anunciarles a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.


















































