Centenario de Monseñor Luis Alberto Luna
El obispo, al ser sucesor de los apóstoles, está llamado por Jesús para quedarse con Él y, por eso, delante del tabernáculo aprende a poner su vida en las manos del Señor, porque en la oración encuentra su fortaleza y su confianza. El auténtico pastor sale de sí mismo, lleva a su Señor donde no se lo conoce, donde es desfigurado y perseguido.
El obispo es hombre de comunión. A pesar de que no cuente con todos los dones y carismas, está llamado a mantenerse unido, a cimentar la comunión. El pastor no es noticia en los periódicos, no busca el consenso del mundo, no está interesado en proteger su buen nombre, sino que ama tejer la comunión involucrándose en primera persona (Cf. P. Francisco, discurso a los obispos, 08.09.2018).
Esta reflexión sobre la vocación y misión del pastor nos ayudará a vivir un acontecimiento muy importante en nuestra Iglesia arquidiocesana. El próximo mes de diciembre nos aprestamos a celebrar, con profunda gratitud a Dios, el Centenario del nacimiento de Monseñor Luis Alberto Luna Tobar, Tercer Arzobispo de Cuenca.
Este buen pastor hizo realidad en su vida las enseñanzas del Maestro, porque primero supo escuchar atentamente su voz. La oración fue el centro de su vida. Guiado por la espiritualidad carmelitana subió al monte de la caridad, al encuentro con el Dios de la misericordia y de la paz. Dialogando diariamente con Él aprendió la ciencia del amor, que es entrega generosa y total en cada acción, aun en la más pequeña.
Nuestro hermano Luis Alberto dio la vida, entregó el corazón como buen religioso, sacerdote y obispo. Su Misa diaria fue entrega a Dios y a los hermanos que acudían ávidos de escuchar su palabra, que siempre era la de Dios. Palabra que resonaba en el templo y en el corazón de los oyentes. Palabra que interpelaba e impulsaba al cambio de vida y a la toma de conciencia. Procuró siempre exponer la verdad católica en su integridad, con lenguaje sencillo, familiar y adaptada a la capacidad de la gente.
Fue feliz porque se entregó en cada conversación y encuentro fraterno, en cada visita pastoral, en el trabajo y en el descanso, en la misión entre los pobres y en el diálogo con los grandes. Para todos tuvo una palabra, una sonrisa y una propuesta de vida.
Conoció a su gente con el corazón del padre que busca siempre lo bueno en sus hijos. Entendió a sus hermanos porque vivió una verdadera relación con Jesús, por eso pudo comprender y asimilar las diversas situaciones que le tocó enfrentar: tragedias, como La Josefina, el fenómeno de la migración y la división de muchas familias, la escasez de clero, la formación de los laicos y su compromiso social, la pobreza de los campesinos e indígenas, entre otras.
El secreto para entregarse a todos sin reservas fue la unión con Dios. Luis Alberto nos recordó que solo unidos al Maestro bueno podemos acompañar verdaderamente al prójimo y entender sus necesidades. Así nace esa disponibilidad para acompañarlos en sus luchas y en el vía crucis de cada día. Solo unidos a Dios entendemos que no existe verdadero conocimiento sin amor, sin una profunda aceptación del otro.


















































