En aquel tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola:
“En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: ‘Hazme justicia contra mi adversario”.
Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando’ ”.
Dicho esto, Jesús comentó: “Si así pensaba el juez injusto, ¿creen ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra?” (Lc. 18, 1-8)
El Señor nos da hoy una enseñanza muy expresiva sobre la necesidad de la perseverancia en la oración y sobre su eficacia. Para orar sin cesar es necesario vencer la pereza e invocar a Dios en cada lugar y circunstancia: en la casa y en la calle, en el trabajo de campo y en la oficina, en el estudio y en los momentos de descanso.
De manera especial debemos orar cuando estamos en la iglesia, lugar privilegiado para el encuentro con Dios. Para hacerlo bien, participemos plena y activamente en la Eucaristía, tanto en los cantos como en las plegarias, escuchemos con atención las lecturas y la reflexión que el sacerdote nos dirige. Evitemos conversar con otras personas, porque en la iglesia lo más importante es el diálogo con Dios. Es de muy mala educación comer, usar celulares, botar basura o ensuciar las bancas y los reclinatorios, porque estas acciones afean el templo y distraen a otras personas que vienen con la firme intención de orar y participar en la Misa. Ayudémonos mutuamente para que en nuestras iglesias exista un clima de silencio y recogimiento. Para que todos podamos tener una gratísima experiencia con Jesús, que nos habla al corazón y quiere escuchar nuestras preces.
En este mes de octubre, utilizando el Rosario como oración eficaz, pidamos al Señor lo que necesitamos para nosotros y nuestros familiares y amigos. Seguro que María, Madre de la Misericordia, tratará nuestros asuntos con el Señor.


















































