Agosto y septiembre son meses de peregrinaciones y visitas a santuarios, especialmente marianos. Miles de católicos, de todas las provincias y también del exterior, acuden a la Virgen María, motivados por la fe, con la intención de agradecer favores recibidos, pedir por sus necesidades, y sobre todo para profesar la fe y robustecerla.
El peregrino, al visitar un lugar sagrado, busca el encuentro con Dios. La peregrinación le ofrece la posibilidad de celebrar la fe con otros hermanos en un ambiente festivo y gozoso. Así recuerda que la Iglesia está siempre en camino, que peregrina hacia Dios, y ese caminar está lleno de confianza, arrepentimiento, buenos propósitos y deseos de cambio. Nunca puede ser una marcha triste, porque al final del camino le espera el abrazo del Padre misericordioso.
Una buena peregrinación, preparada y vivida con intensidad, nos hace crecer en el trato con Dios, estimula una mejor relación con nuestros familiares y amigos. Aprendemos a ver con misericordia, oír la voz de Dios en la oración, cantar con alegría, caminar con el hermano, escuchar con atención y paciencia, y a compartir la ternura de Dios.
Cuando el Papa Francisco peregrinó al santuario de Fátima, con motivo de los cien años de las apariciones de la Virgen María, dijo que ella es maestra de vida espiritual, bienaventurada porque creyó en el Señor. Cada vez que visitamos a María en un santuario volvemos a creer en la revolución de la ternura y el cariño, resurge la esperanza en la verdadera liberación del pecado y de toda injusticia. Nos recordó que María nos espera para decirnos que la humildad, la paciencia y el perdón no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a nadie para sentirse importantes y grandes. Ella nos impulsa a caminar hacia los demás, a no ser egoístas.
Nuestros católicos azuayos y los peregrinos del centro y sur del país acuden cada año al santuario de la Virgen de El Cisne. Buscando el amor de la madre buena, quieren contarle sus dolores y problemas, pues solo ella entiende a sus hijos y los lleva de la mano al encuentro del Señor.
Estimados hermanos, peregrinos de la fe, vivamos estos momentos con intensidad, aprovechemos el paso de Dios por nuestra vida y respondamos con una sincera conversión. La peregrinación será completa si terminamos confesando nuestros pecados con la absolución sacramental y nos acercamos con devoción a la santa Comunión. De esta manera la unión con Jesús será plena y Él nos dará fuerzas para volver a relacionarnos con nuestros hermanos, sin resentimientos y discordias.


















































