“El Corazón de Jesús en mi familia”. Así hemos denominado a la iniciativa de oración y consagración de las familias al Corazón de Jesús en este mes de junio.
Si analizamos nuestra vida familiar y el desempeño de cada uno de sus miembros, descubriremos que no todo marcha por buen camino. Muchas familias dirán que no les falta el alimento diario, un lugar donde vivir con dignidad, los medios para el estudio y atención de los hijos, el trabajo honesto y cierto bienestar material. Pero no todas pueden afirmar que tienen paz, que hay diálogo entre sus miembros, que no existen discordias y peleas, que los hijos obedecen y que los hermanos se apoyan, que los esposos se respetan y guardan siempre fidelidad. Ante las diversas crisis por las que pasan nuestras familias, debemos volver la mirada al único que puede alegrar nuestras vidas y unirnos en el verdadero amor.
Falta fe en la familia. En muchos hogares ya no se invoca a Jesús y María, le han cerrado las puertas al Dios del amor. Los valores de la autoridad como servicio, la ternura y el respeto han desaparecido. Debemos rescatar las virtudes que favorecen la vida familiar: el respeto a nuestros abuelos, la obediencia, la honra a los padres, la responsabilidad, la piedad. Estos son aspectos fundamentales para la convivencia familiar, sin olvidar la misericordia, la bondad, la humildad, la dulzura, el perdón.
La familia, sostenida por la Palabra de Dios y la Eucaristía dominical, se convierte en lugar de comunión, donde cada miembro de la familia vuelve a encontrar el sentido y la alegría de la misión fundamental de transmitir la vida natural y sobrenatural. La familia no puede delegar esta tarea primordial a otros. Es el primer espacio de evangelización. En ella los padres repiten a los hijos la Palabra de Dios, les recuerdan las maravillas del Señor con gestos de ternura, amor y comprensión. Así descubren el valor de la oración cotidiana y de la lectura reflexiva de la Buena Nueva con los hijos, para que se abran al diálogo cercano y confiado con Dios.
Falta, pues, la presencia de Jesús en nuestros hogares. La misión con las familias, que empezaremos en octubre, pretende fortalecer nuestra identidad católica y el compromiso misionero. Queremos que Jesús reine en las familias, que su corazón sea nuestra fuente de amor y solidaridad. Exponer durante el mes de junio su sagrada imagen en nuestras ventanas es signo de pertenencia al Señor, invitación a la oración, llamada a la unidad, testimonio misionero y compromiso de defender a las familias de los ataques de la cultura de muerte, violencia y destrucción.
“Dios quiere que toda familia sea Iglesia doméstica. De esta pequeña iglesia depende el futuro de la Iglesia y de su misión evangelizadora. También el porvenir de una sociedad más humana, inspirada y sostenida por la civilización del amor y de la vida, depende en gran medida de la calidad moral y espiritual del matrimonio y de la familia” (San Juan Pablo II).
Que las diversas iniciativas evangelizadoras de este mes, dedicado al Corazón de Jesús, hagan de nuestras familias cuencanas verdaderos santuarios de fe y vida, escuelas de amor y misericordia.


















































