El sábado 16 de marzo celebramos en Cuenca la fiesta de la Vida y la Familia, como manifestación pública de nuestro compromiso cristiano en favor de la familia, santuario de vida y amor. Las parroquias eclesiásticas y movimientos apostólicos fueron los encargados de organizar esta caminata de fe, teniendo muy presente que la defensa de estos valores supremos no es un tema que solo atañe a los creyentes, sino que concierne a toda la sociedad. Hablamos de nuestra vida y de nuestras familias, de la vida de los no nacidos y de los que ya han visto la luz, de los niños y ancianos, de los enfermos y vulnerables, de aquellos que son descartados por la sociedad, pero son los privilegiados de Dios.
Coincidió esta celebración con la cercanía de dos fiestas importantes para la Iglesia: las solemnidades de San José y de la Anunciación a María. Quisiera recordar especialmente a San José, padre adoptivo de Jesús, custodio de la Sagrada Familia, patrono de las vocaciones y de la Iglesia universal. A él le encomendamos la Jornada que celebramos el sábado 16 de marzo, le pedimos que custodie a nuestras familias y defienda a los niños de los Herodes que hoy quieren arrebatarles la vida y la inocencia.
San José, con su silencioso y eficaz ejemplo, nos enseña el arte de la oración, el trabajo, la obediencia y confianza en el Señor. Los Evangelios nos lo presentan trabajando y también descansado. Descansa en el Señor y sueña con su familia y también con las nuestras. Durante el descanso Dios le reveló su voluntad. En los momentos de descanso en el Señor, cuando nos detenemos de nuestras obligaciones y actividades diarias, Dios también nos habla. Escuchémoslo como lo hizo José y descubriremos sus designios sobre nuestras familias.
Para oír y aceptar la llamada de Dios, y formar una familia católica, debemos dedicar tiempo cada día a la oración. Algunos justifican su falta de oración y la no asistencia a misa dominical aduciendo que deben cuidar a sus hijos y tienen mucho trabajo, que están cansados por las tantas tareas del hogar. Pero si no oramos, no conoceremos la cosa más importante de todas: la voluntad de Dios sobre nosotros. Es en la familia donde aprendemos a orar, allí conocemos a Dios, crecemos como personas de fe y nos identificamos como miembros de la Iglesia, la gran familia de los hijos de Dios. También en el seno familiar aprendemos a compartir, a amar y perdonar sin egoísmos y resentimientos. ¡Qué importante es rezar en familia y sentir el abrazo del Padre bueno que nos congrega para permanecer juntos a pesar de las adversidades de la vida!
A San José Dios le reveló su plan y los peligros que amenazaban al Niño y a su Madre, por eso, para salvarlos, los tomó consigo y huyó a Egipto. Así también, en nuestro tiempo, Dios nos llama a reconocer los peligros que amenazan a nuestras familias para protegerlas de cualquier daño. Pero solos no podemos luchar porque los enemigos se presentan poderosos: leyes anti-familia y contra la vida, políticos que hacen de la cultura de muerte su propuesta de campaña, ideologías que destruyen al hombre y la creación entera. También hay otras cruces que pesan sobre nuestras familias, muchas sufren la separación y falta de afecto que produce la migración, la falta de trabajo, el alcoholismo y la violencia, los problemas económicos. Ante esta dolorosa realidad, no olvidemos que todo es posible para Dios. Jesucristo venció a la muerte.
Con la ayuda de San José y la protección de María, hagamos el propósito de proteger a las familias y ser ejemplo vivo de amor, de perdón y atención.


















































