Hay diversas formas de responder a Jesús cuando se acerca a nuestra vida y nos habla. Él nos amó primero, nos llama y espera nuestra respuesta. Movidos por la fe debemos responder y entablar una relación de verdadera amistad.
“Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Así, como Pedro, tenemos que creerlo y proclamarlo ante tantos hombres y mujeres que buscan un salvador y esperan de nosotros, los cristianos, la respuesta adecuada.
Responder bien a la pregunta de Jesús significa compartir su misión. El discípulo responde no solo con palabras y fórmulas teológicas, con frases aprendidas de memoria. Responde con la vida.
Así respondieron los apóstoles y tantos santos a través de la historia. Francisco de Asís dejó sus bienes y se desposó con la pobreza, Narcisa y Mercedes de Jesús dejaron su tierra y decidieron ser catequistas y misioneras, Teresa de Calcuta se entregó a los pobres y enfermos, Juan Pablo II decidió ser sacerdote para servir a sus hermanos, el Hermano Miguel consagró su vida a formar el corazón de los niños y jóvenes. Son tantos y tantos los ejemplos de aquellos que supieron responder a Jesús con generosidad y confianza.
La lista puede crecer si el padre de familia opta por la esposa y los hijos, antes de perder el tiempo y el dinero entre vicios y malos amigos; si los jóvenes renuncian con valentía a la pereza y deciden tomarse en serio el estudio, valorando el esfuerzo de sus padres; si los sacerdotes, religiosas y catequistas nos proponemos acercarnos más a Jesús por medio de la oración, para tener respuestas claras ante quienes nos preguntan por el Salvador.
Otros creen que deben responder y ser fieles a Jesús imponiendo criterios religiosos y castigando a quienes no los aceptan. El Evangelio nos cuenta que los samaritanos no quisieron recibir al Señor. Ante esta reacción, Juan y Santiago quieren castigarlos, pero Jesús no lo permite. Todavía no han entendido que el Mesías ha venido a salvar al hombre y no a destruirlo.
Muchos cristianos no hemos asimilado aún la tolerancia que enseña el Evangelio. Tenemos que distinguir entre el bien y el mal, nunca podemos pactar con la mentira o la injusticia, pero hemos de ser comprensivos y amables con los que se equivocan, tratando con respeto a las personas y sus situaciones.
Nuestro mundo padece de una gran intransigencia. Los poderosos confunden fácilmente la verdad con sus criterios y caprichos, arman la guerra a quienes piensan diferente o cometen algún error. La intolerancia lleva a la violencia y falta respeto en tantos hogares, que terminan destruidos. Grupos y comunidades se creen mejores y los únicos, con derecho a atropellar a otros hermanos.
Ante nuestras reacciones violentas, Jesús nos dice que ha venido a salvar lo que estaba perdido y a buscar la oveja descarriada, que Dios es paciente y misericordioso, lento a la cólera y rico en clemencia. Asimilemos su mensaje para que nuestra comunión fraterna sea efectiva y nuestra respuesta a Jesús sea verdadera.


















































