En Nazaret todos conocían a Jesús, el oficio que realizaba y su familia. Era el artesano, el hijo de María y José. Fue en todo igual a nosotros, menos en el pecado. Cuando lo escucharon, sus paisanos quedaron sorprendidos, pues aquel que construía muebles, el carpintero, les hablaba con autoridad y sabiduría. Les cuesta trabajo descubrir al Mesías en aquel vecino que llevaba una vida normal y sencilla, de trabajo humilde.
Meditar sobre la vida de Jesús en Nazaret nos ayuda a examinar si nuestra vida diaria, llena de trabajo y normalidad, es camino para crecer en el amor y santificarnos. También nos da luces para tener buenos criterios sobre la importancia del trabajo. Por eso, contemplando el ejemplo de Jesús, debemos preguntarnos: ¿Cómo consideramos el trabajo? Para unos, será un castigo. Esto sucede cuando nos alejamos de Dios y nos dejamos dominar por la pereza y la irresponsabilidad. De todo nos quejamos y nada nos satisface. Nos domina la ley del mínimo esfuerzo.
Para otros, el trabajo viene a ser un instrumento de opresión. Quienes piensan y actúan así atentan contra la dignidad de los demás cometiendo gravísimas injusticias. Quienes gobiernan, dirigen empresas o contratan a otros para trabajar, deben pensar seriamente ante Dios cómo tratan y remuneran a sus empleados. No siempre un sueldo justo es digno. Hay quienes creen que el trabajo es solo un medio para ganar dinero. Esclavos de la vanidad y el egoísmo, terminan devorados por la sociedad de consumo. Están también aquellos que ven en el ambiente laboral un espacio para manipular a los demás. Tantos trabajadores son utilizados por políticos y falsos líderes sociales inescrupulosos, que tienen como única finalidad llegar al poder, dominar y enriquecerse. Los pobres son solo un slogan.
Debemos descubrir que el trabajo es un don de Dios, una oportunidad para colaborar con su obra, una ofrenda que todos los días presentamos al Señor, un espacio para crecer en las virtudes. El trabajo honesto dignifica al hombre. Al respecto, nos recuerda el Papa Francisco que “trabajar es propio de la persona humana. Expresa su dignidad de ser creada a imagen de Dios. Por eso se dice que el trabajo es sagrado. Por eso la gestión de la ocupación es una gran responsabilidad humana y social. Causar una pérdida en puestos de trabajo significa causar un grave daño social. Yo me entristezco cuando veo que no hay trabajo, que hay gente sin trabajo, que no encuentra trabajo y que no tiene la dignidad de llevar el pan a casa; y me alegro tanto cuando veo que los gobernantes ponen tanto esfuerzo para que todos tengan un trabajo. El trabajo es sagrado, el trabajo da dignidad a una familia y debemos rezar para que no falte el trabajo a ninguna familia” (Catequesis sobre el trabajo y la familia, 2015).
Cuando el trabajo se separa de la alianza de Dios con el hombre y la mujer, cuando se desprecia la vida y se destruye la creación, todo se contamina y las consecuencias golpean sobre todo a las familias más pobres. Pidamos a Jesús de Nazaret que proteja a nuestros trabajadores. Que a nuestras familias no les falte el pan, la fe y la dignidad.


















































