En la liturgia de Pentecostés, preparada por los Movimientos Apostólicos de Cuenca, muchas parejas renovaron sus promesas matrimoniales, como signo de amor y confianza plena en el Señor que los unió para siempre. La oración que recitaron expresa lo que un hombre y una mujer deben pedirle al Señor, y también todo lo que ellos se comprometen a realizar para crecer en el amor conyugal.
Ante tantas cosas negativas que en nuestro tiempo se dicen sobre el matrimonio, debemos recordar lo que se afirmaba en aquella oración:
El matrimonio es entrega mutua: “Padre de misericordia, que podamos donarnos el uno al otro como signo del amor que Tú nos tienes, para que con la fuerza de este amor podamos asumir la misión que has querido depositar en la familia y el matrimonio”.
Dios fortalece la vida matrimonial: “Damos gracias a Dios, porque en Él hemos encontrado la realización plena de nuestra vocación matrimonial: las virtudes de la caridad, de la fidelidad. También damos gracias porque en Él hemos encontrado la sabiduría y la fuerza para hacer frente a los peligros que nos traen estos tiempos en que las dos grandes inculturas, la del egoísmo y de la muerte, quieren ahogar como fuerte diluvio la vida matrimonial y familiar.
No todo es perfecto en el matrimonio: “Pedimos perdón al Señor por lo que no hayamos vivido como expresión sublime de nuestro sacramento”.
Siempre dispuestos a hacer la voluntad de Dios: “Que sepamos hoy escuchar los designios de Dios, y respondamos, con generosidad y prontitud a su voluntad. Que hoy nos dispongamos, por el fruto de esta consagración a construir la civilización del amor y la vida”.
La familia es la iglesia domestica: “Consagramos toda nuestra familia para que sea un santuario doméstico en donde se viva en oración, comunión, comunicación y generosidad. Que el amor de Dios reine en nuestro matrimonio y en nuestra familia, para que cooperemos de esta forma con construcción de una nueva civilización en la que se viva la alegría del amor y la paz”.
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Nos unimos a tantas familias, golpeadas por el dolor y la pobreza, que con estos mismos sentimientos se acercan todos los días a Dios y se ponen en sus manos, pidiéndole crecer en las virtudes humanas y cristianas que hacen posible la convivencia familiar, la amistad, el trabajo y el diálogo sincero. Las familias tienen hoy la misión de mostrar al mundo la belleza de la paternidad y la maternidad, y a promover la cultura de la vida, que consiste en acoger a los hijos con amor para educarlos como cristianos y buenos ciudadanos. Los hijos no esperan de sus padres grandezas temporales, que fácilmente se acaban, solo les piden que se amen y vivan su compromiso matrimonial.
Que con la gracia de Dios no nos falten la generosidad, la paciencia, el buen humor, la educación, el orden, la sinceridad y el respeto, para hacer la vida más grata a quienes nos rodean. Examinemos cómo es nuestro trato con quienes convivimos o trabajamos, porque la afabilidad es la puerta de la verdadera amistad y del encuentro con Dios.


















































