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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

El virus de la intolerancia divide y destruye la unidad.

El virus de la intolerancia divide y destruye la unidad.

Celebrar el Bicentenario de nuestra independencia nos lleva a reflexionar sobre los diversos atentados contra la libertad y la dignidad de las personas que hoy existen en nuestro país y en el mundo. El Papa Francisco, gran conocedor de la realidad latinoamericana, nos recuerda algunos en la encíclica “Frattelli Tutti”:

No podemos olvidar la honda y larga crisis económica y social que vivimos, caracterizada por cadenas de corrupción y violencias, en la que nuestras comunidades parecen quedar en la zozobra, con estructuras políticas resquebrajadas, incrementándose la pobreza y la exclusión social para muchos. Tampoco olvidamos el incremento de la migración de nuestra gente, ya sea del campo a la ciudad o a otro país, buscando mejores situaciones económicas, alejándose del corazón de sus pueblos, de sus raíces y de sus seres más queridos, a quienes les queda el gran vacío de no volverlos a ver por largo tiempo. “Nuestra Patria Grande, solo será ‘grande’, cuando lo sea para todos, y con mayor justicia y equidad” (DA. N° 527).

El Bicentenario de la Independencia es una buena ocasión para mirar horizontes más grandes. No podemos volver a confiar en ideologías que han demostrado fracasos económicos y devastaciones humanas. Las movilizaciones populares en diversas ciudades, son signos de pueblos cansados de tanta mentira, injusticia y abuso de poder.

El virus de la intolerancia nos divide y destruye la unidad. La política ya no es una discusión sana sobre proyectos a largo plazo para el desarrollo de todos, sino solo recetas inmediatistas de marketing que encuentran en la destrucción del otro el recurso más eficaz. Las voces que se levantan para la defensa del medio ambiente son acalladas, disfrazando de racionalidad lo que son solo intereses particulares.

El descarte de las personas asume formas miserables que creíamos superadas, como el racismo, el aborto, la eutanasia y otros atentados contra la vida. Las expresiones de desprecio al hermano vuelven a avergonzarnos demostrando así que los supuestos avances de la sociedad no son tan reales ni están asegurados para siempre.

Las leyes de muerte aprobadas en muchos países, la falta de trabajo y de medios para la salud y educación hablan más bien de retroceso y no de libertad y respeto a la dignidad humana.

La organización de nuestra sociedad todavía está lejos de reflejar con claridad que las mujeres tienen la misma dignidad que los varones. Se afirma algo con las palabras, pero las decisiones y la realidad gritan otro mensaje.

Vivimos muy concentrados en nuestras necesidades. Hemos perdido la sensibilidad y la solidaridad. Ver a alguien sufriendo nos molesta, porque no queremos perder nuestro tiempo por culpa de los problemas ajenos. Estos son síntomas de una sociedad enferma, porque busca construirse de espaldas al dolor. Como ciudadanos y creyentes, ante la realidad actual, tenemos dos alternativas: o nos dejamos dominar por el egoísmo de los intereses particulares y la tentación de volver al pasado o permitimos que lo que está pasando nos sacuda por dentro y que todos nos reconozcamos parte de una única familia que necesita sostenerse mutuamente. “Es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad” (Papa Francisco).

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