El derecho a la vida es el fundamento de todos los derechos, es el bien superior y nadie puede atribuirse el poder para determinar quién merece vivir o morir. Si no respetamos el derecho a la vida, qué sentido tiene hablar de derecho a la libertad, al trabajo, al estudio, o defender los derechos de la naturaleza. Solo podemos ejercer estos derechos si estamos vivos.
San Juan Pablo II, gran defensor de la vida y la familia, nos decía que una multitud de seres humanos débiles e indefensos, como lo son en concreto los niños aún no nacidos, está siendo aplastada en su derecho fundamental a la vida (Encíclica Evangelium Vitae 5). Este derecho a exigir que la vida humana, en cualquiera de sus formas, sea respetada, es el mayor de los bienes de los cuales dispone el hombre.
El derecho a la vida se expresa en el quinto mandamiento de la ley de Dios: NO MATAR, principio básico de las relaciones humanas, porque la vida es un bien en sí mismo, don que debemos cuidar siempre. Todo el mal obrado en el mundo se resume en el desprecio por la vida, en la cultura de muerte que se quiere imponer a la sociedad actual. La vida está agredida por las guerras, la trata de personas, el abuso y descarte de los más débiles, el aborto, la eutanasia, la destrucción de la casa común. Esto es despreciar la vida, es destruir la obra de Dios, es matar.
En una ocasión el Papa Francisco decía que algunos prefieren tener mascotas en lugar de hijos. Hoy surgen grupos en defensa de la vida de los animales que, a la vez, están de acuerdo con la supresión de la vida humana en el seno materno en nombre de la salvaguardia de otros derechos. Pero, ¿cómo puede ser terapéutico, civilizado, o simplemente humano un acto que suprime la vida inocente e indefensa en su florecimiento? ¿Es justo quitar de en medio una vida humana para resolver un problema? ¿Es justo contratar a un sicario para resolver un problema? No se puede, no es justo quitar de en medio a un ser humano, aunque sea pequeño, para resolver un problema (Cf. Catequesis de 10 de octubre de 2018).
El rechazo a la vida de los inocentes, y de toda vida, viene del egoísmo. Cuando una joven que va a ser madre está desesperada y no sabe qué hacer, necesita cercanía y solidaridad para enfrentar la realidad y superar temores comprensibles. En su lugar, a menudo recibe consejos apresurados para terminar con la vida del niño. Un hijo no es un problema, es un don de Dios, que viene a nosotros para hacernos crecer en el verdadero amor. Este es el mejor antídoto ante los profetas de la muerte que, imponiendo sus ideologías, proclaman la idolatría del poder, el dinero, el éxito y el placer.
El quinto mandamiento vale para todos: no podemos despreciar nuestra vida ni la vida de los demás. Debemos cuidar a nuestros niños y recibirlos con alegría, como una bendición de Dios, pero también tenemos que preocuparnos por la vida y la salud de las madres, especialmente de las que se sienten solas y abandonadas. No basta con pregonar que el aborto es un pecado grave, es necesario acompañar a las mujeres y a las familias que están sufriendo terribles crisis económicas, psicológicas y afectivas. En nuestro trabajo pastoral, familiar y social debemos orientar a nuestros jóvenes, para que no terminen esclavizados en el mundo de las drogas, la violencia y el desorden moral. El mundo los devora cuando los dejamos solos y no tienen el apoyo necesario para hacerle frente a las crisis propias de su edad.


















































