El primer artículo del Credo nos habla de la paternidad de Dios. Jesucristo nos revela que Dios es nuestro Padre porque nos ha hecho hijos suyos; porque acompaña nuestra existencia, dándonos su Palabra, sus enseñanzas, su gracia y su Espíritu, y porque podemos confiar en su misericordia cuando nos equivocamos de camino y lo ofendemos con nuestros pecados.
Él es un Padre bueno, que no abandona, sino que sostiene, ayuda y salva con una fidelidad que sobrepasa infinitamente la de los hombres. Nos ha dado a su Hijo para que seamos hijos suyos y nos ofrece el Espíritu Santo para que podamos llamarle, en verdad Padre. Su grandeza como Padre omnipotente se manifiesta plenamente sobre la cruz gloriosa de su Hijo. No es una fuerza arbitraria que cambia los acontecimientos o anula el dolor, sino que se expresa en la misericordia, en el perdón, en la incansable llamada a la conversión y en una actitud de paciencia, mansedumbre y amor Benedicto XVI, 09.02.2013.
La paternidad de Dios se extiende a todos aquellos que acogen y llevan a la práctica las enseñanzas de Jesús. La palabra Padre revela cercanía y ternura de Dios para con sus hijos, por eso en la oración, en vez de locuacidad, debemos confiar en Él, pues sabe todo lo que necesitamos.
Al decir Padre nuestro reconocemos la filiación de todos los bautizados, pues, somos hijos de Dios por la fe en Jesucristo. En la invocación a Dios como Padre se reconoce la fraternidad de todos aquellos que han acogido la gracia de Cristo. Por eso esta oración, aun rezada en privado, suena a plegaria comunitaria, porque lleva en su misma esencia la dimensión universal de la paternidad de Dios.
Las éticas contemporáneas no son capaces de generar vínculos auténticos de fraternidad, ya que una fraternidad privada de la referencia a un Padre común, como fundamento último, no logra subsistir. Una verdadera fraternidad entre los hombres supone y requiere una paternidad trascendente. A partir del reconocimiento de esta paternidad, se consolida la fraternidad entre los hombres, es decir, ese hacerse prójimo que se preocupa por el otro.
Se necesitan políticas eficaces que promuevan el principio de la fraternidad, asegurando a las personas iguales en su dignidad y en sus derechos fundamentales el acceso a los capitales, a los servicios, a los recursos educativos, sanitarios, tecnológicos, de modo que todos tengan la oportunidad de expresar y realizar su proyecto de vida, y puedan desarrollarse plenamente como personas P. Francisco, Mensaje Jornada Mundial de la Paz, 2014.
Si Dios no es Padre, no hay nada que nos convierta en familia, no tiene sentido hablar de la Iglesia como familia de los hijos de Dios, terminamos convirtiéndonos en una empresa. Si Dios no es nuestro, resulta forzado y hasta ridículo, seguir fingiendo que somos hermanos. Y si no somos hermanos, ¿en nombre de qué principio podremos invocar y establecer la paz, hablar de fraternidad y solidaridad?
En nuestra oración diaria del Padre nuestro, aprendamos a descubrir la cercanía de Dios y la fraternidad entre aquellos que lo invocamos.


















































