El Apóstol Santiago, llamado el Mayor, era hijo de Zebedeo y Salomé, y hermano mayor de Juan. Ambos fueron llamados por Jesús y siempre se los cita entre los primeros apóstoles en el Nuevo Testamento. Santiago fue testigo privilegiado de algunos acontecimientos en la vida de Jesús, como la resurrección de la hija de Jairo, la Transfiguración del Señor y la agonía en el huerto. Fue el primero en derramar su sangre por su fidelidad a Jesucristo, pues estaba convencido de que tenía que obedecer a Dios antes que a los hombres. El testimonio del cristiano no puede ser encadenado por ningún poder humano. Al entregar su vida por amor a Cristo y a los hermanos es modelo para quien, día tras día, quiere vivir con seriedad y radicalidad el Evangelio.
El capítulo 20 del Evangelio de San Mateo relata la petición que la madre de Santiago y Juan presentó a Jesús, solicitando los primeros puestos para sus hijos. El Señor, en vez de regañar a los dos hermanos, aprovecha el momento para enseñar a todos en qué consiste la verdadera grandeza. Los primeros tienen que ser los servidores de todos y jamás pretender actuar como los tiranos que oprimen al pueblo. Da así una lección de humildad para todos los que quieran seguirle.
El ejemplo de Santiago y el de todos los apóstoles, nos ayuda a descubrir nuestros defectos. Ellos no eran poderosos, perfectos o sabios, tenían ambiciones y discutían. Su fe era pequeña. Dios lo llevó por caminos distintos a los que él esperaba, porque solo Dios es bueno e infinitamente sabio y, porque nos ama, nos da en muchas ocasiones, no aquello que pedimos, sino lo que nos conviene. Santiago esperaba honores terrenos y Jesús le dio vida eterna.
Dios obra maravillas en sus hijos a pesar de sus debilidades. Y para que se vea que es él quien actúa y da la eficacia, ha querido escoger a los débiles para confundir a los fuertes, a lo vil y depreciable del mundo para mostrarnos el poder de su amor. A nosotros también nos puede llegar el desaliento en ciertas ocasiones al sentirnos poca cosa ante la misión familiar, eclesial o social que pone el Señor en nuestras manos. Podemos encontrar incomprensiones, burlas y oposición, pero Jesús nunca nos abandona.
De Santiago podemos aprender muchas cosas: la prontitud para acoger la llamada del Señor incluso cuando nos pide que dejemos la barca de nuestras seguridades humanas, el entusiasmo al seguirlo por los caminos que él nos señala más allá de nuestra presunción ilusoria, la disponibilidad para dar testimonio de él con valentía, si fuera necesario hasta el sacrificio supremo de la vida. Así, Santiago el Mayor se nos presenta como ejemplo elocuente de adhesión generosa a Cristo. Él, que al inicio había pedido, a través de su madre, sentarse con su hermano junto al Maestro en su reino, fue precisamente el primero en beber el cáliz de la pasión, en compartir con los Apóstoles el martirio (Cf. Benedicto XVI, alocución, 21.07.2006).
“Dios todopoderoso y eterno, que consagraste los primeros trabajos de los apóstoles con la sangre de Santiago, haz que, por su martirio, sea fortalecida tu Iglesia y, por su patrocinio, nuestros pueblos se mantengan fieles a Cristo hasta el final de los tiempos”.


















































