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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

Jesús: sana, alimenta, defiende, libera, salva.

Jesús: sana, alimenta, defiende, libera, salva.

La dignidad de la persona es un principio fundamental que la fe en Jesucristo ha defendido siempre, sobre todo cuando no se respeta a los sencillos e indefensos. La doctrina social de la Iglesia afirma la inviolable dignidad de la persona humana, que es intrínseca al hombre por ser imagen de Dios. Como imagen de Dios la vida de todo ser humano es sagrada e inviolable.
Jesús nació y creció en condiciones humildes y reveló la dignidad de los necesitados y los trabajadores. A lo largo de su ministerio, afirmó el valor y la dignidad de todos los que son portadores de la imagen de Dios, independientemente de su condición social y circunstancias externas. Jesús rompió las barreras culturales y de culto, devolviendo la dignidad a los “descartados” o a los considerados al margen de la sociedad: los recaudadores de impuestos, las mujeres, los niños, los leprosos, los enfermos, los extranjeros, las viudas. Él sana, alimenta, defiende, libera, salva. Se le describe como un pastor solícito por la única oveja perdida. Él mismo se identifica con sus hermanos más pequeños: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). El Cristo glorioso juzgará en función del amor al prójimo, que consiste en haber asistido al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado, con los que él mismo se identifica (cf. Mt 25, 34-36). Para Jesús, el bien hecho a todo ser humano, independientemente de los lazos de sangre o de religión, es el único criterio de juicio (Cf. Declaración Dignitas infinita, 2024).
El respeto de la dignidad de todas y cada una de las personas es la base indispensable para la existencia misma de toda sociedad que pretenda fundarse en el derecho justo y no en la fuerza del poder. Es sobre la base del reconocimiento de la dignidad humana como se defienden los derechos humanos fundamentales, que preceden y fundamentan toda convivencia civilizada.
Cuando los gobernantes niegan la dignidad de las personas, terminan destruyendo a quienes piensan diferente, manipulando a los pobres y utilizándolos para perpetuarse en el poder. Hablan mucho de los pobres, pero no hacen nada para darles educación, trabajo y vida digna. Prefieren un país de mendigos en vez de una sociedad culta y organizada. Dice el Papa Francisco que para liberarnos de tantos males que nos afligen, “no sirve una mirada ideológica que termina usando a los pobres al servicio de intereses políticos y personales. Las ideologías terminan mal porque no asumen al pueblo, terminan en dictaduras. Piensan por el pueblo. No dejan pensar al pueblo”.
Todos estamos llamados a aliviar el sufrimiento de los más débiles y necesitados. Cuando se violan los derechos fundamentales, como el derecho a la vida, o cuando sólo se conceden derechos a determinados grupos, se producen graves injusticias, que a su vez alimentan los conflictos sociales y el enfrentamiento entre hermanos.

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