El Salmo 8 afirma la grandeza y dignidad de toda persona humana:
“Señor, nuestro Dios, ¡qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!
Al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y la estrellas que has creado:
¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para darle poder?
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y esplendor;
le diste dominio sobre la obra de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies”.
La Iglesia proclama la igual dignidad de todos los seres humanos, independientemente de su condición de vida o de sus cualidades y lo hace basándose en la revelación bíblica: la mujer y el hombre han sido creados a imagen de Dios; Cristo al encarnarse confirmó la dignidad de la persona, y al resucitar nos reveló que el aspecto más sublime de la dignidad del hombre consiste en su vocación a la comunión con Dios.
La Declaración sobre la Dignidad Humana, emitida recientemente por el Dicasterio de la Doctrina de la Fe, contribuye a superar la dicotomía que existe entre quienes se centran exclusivamente en la defensa de la vida naciente o moribunda, olvidando tantos otros atentados contra la dignidad humana y, a la inversa, quienes se centran solo en la defensa de los pobres y los emigrantes, olvidando que la vida debe ser defendida desde la concepción hasta su fin natural.
En este campo, el Papa Francisco no se cansa de pedir el respeto de la dignidad humana: “Todo ser humano tiene derecho a vivir con dignidad y a desarrollarse integralmente, y ese derecho básico no puede ser negado por ningún país. Lo tiene, aunque sea poco eficiente, aunque haya nacido o crecido con limitaciones. Porque eso no menoscaba su inmensa dignidad como persona humana, que no se fundamenta en las circunstancias sino en el valor de su ser. Cuando este principio elemental no queda a salvo, no hay futuro ni para la fraternidad ni para la sobrevivencia de la humanidad”. No deja nunca de señalar a todos las violaciones concretas de la dignidad humana en nuestro tiempo, llamando a todos y cada uno a una sacudida de responsabilidad y de compromiso activo.
Hay que reconocer que se opone a la dignidad humana todo cuanto atenta contra la vida: homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado. Atenta además contra nuestra dignidad cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena. Y finalmente cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de personas; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al trabajador al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana (Cf. Declaración Dignitas Infinita, 02.04.2024).
No basta con defender y promover los propios derechos. Debemos respetas y hacer respetar los derechos de los demás, como la vida, la honra, la buena fama y la libertad. Todos debemos colaborar generosamente para lograr condiciones que favorezcan una vida más humana, donde todos puedan ejercer sus derechos y deberes y la convivencia produzca cada vez mejores y más abundantes frutos.


















































