En nuestros ambientes eclesiales se habla mucho de la parroquia y de la misión del párroco, por eso debemos recordar qué significan estas realidades y cuál es su misión. La parroquia no es principalmente una estructura, un territorio, un edificio; ella es la familia de Dios, es una fraternidad animada por el Espíritu de unidad. Es una comunidad eucarística, que tiene como centro al mismo Jesucristo, sacerdote y pastor de su pueblo. Es un lugar de oración, que ofrece un ambiente de recogimiento y adoración. Es una comunidad que no se repliega en sí misma, sino que se dedica al anuncio misionero del Evangelio.
El párroco es el pastor propio de la parroquia que se le confía, y ejerce la cura pastoral de la comunidad que le está encomendada bajo la autoridad del Obispo diocesano en cuyo ministerio de Cristo ha sido llamado a participar, para que en esa misma comunidad cumpla las funciones de enseñar, santificar y pastorear, con la ayuda de otros clérigos y de fieles laicos (Cf. Código de Derecho Canónico, c. 519). Los párrocos desarrollan su ministerio en ambientes muy diferentes: las grandes ciudades, las periferias, regiones alejadas o poco pobladas. Conocen la vida del pueblo, sus alegrías y tristezas.
Nunca llegaremos a ser Iglesia sinodal misionera si las comunidades parroquiales no hacen de la participación de todos los bautizados en la única misión de anunciar el Evangelio el rasgo característico de sus vidas. Si las parroquias no son sinodales y misioneras, tampoco lo será la Iglesia.
Las parroquias, a partir de sus estructuras y de la organización de su vida, están llamadas a concebirse principalmente al servicio de la misión que los fieles llevan adelante al interno de la sociedad, en la vida familiar y laboral, sin concentrarse exclusivamente en las actividades que desarrollan hacia dentro y sobre sus necesidades organizativas. Por eso es necesario que las comunidades parroquiales sean cada vez más lugares desde los cuales los bautizados parten como discípulos misioneros y a donde regresan, llenos de alegría, para compartir las maravillas obradas por el Señor a través de su testimonio (Cf. Papa Francisco, Carta a los párrocos, 2024).
Los pastores estamos llamados a acompañar a las comunidades y a comprometernos con la oración, el celo apostólico, el discernimiento y el testimonio de vida. Aquel que nos ha llamado nos invita a escuchar la voz del Espíritu y a ponernos al servicio en los aspectos más importantes: el anuncio de la Palabra y la Eucaristía.
Para desarrollar su misión, el párroco cuenta con la presencia activa de los laicos, especialmente del Consejo de Pastoral parroquial y las diversas comisiones de trabajo, según el Plan Pastoral, para hacer más fuerte la unión entre todos los agentes pastorales y para poner la parroquia en estado de misión. Solo el conjunto de los hermanos, trabajando en equipo, sin aislarse, puede llevar a cabo la misión evangelizadora de la Iglesia.
Las parroquias misioneras deben ser centros de caridad, abiertos a las necesidades espirituales y materiales de toda la comunidad. Están llamadas a ser escuelas de caridad, donde se aprende a acoger y amar a toda persona sin discriminaciones, ni actitudes sectarias, ofreciendo a los más necesitados el abrazo de la misericordia.


















































