El encuentro cara a cara es fundamental entre dos personas que se aman, no bastan las cartas, las flores o mensajes. El mejor gesto de amor es el contacto directo, el diálogo y la escucha.
El encuentro real con Jesús se realiza en la comunión, Pan del cielo y signo de vida eterna. Es su gesto de amor, ofrecido a todos los hombres y mujeres de la tierra. En la cruz entrega su vida por todos, para el perdón de los pecados. Su presencia real en la Eucaristía es el cumplimiento de la promesa de permanecer con nosotros “todos los días hasta el fin de mundo”.
En el Pan partido sobre la mesa está realmente la persona de Jesucristo. Su amor no se reduce a un mero símbolo que nos recuerda su paso por el mundo. No es simplemente una idea, un producto de nuestra imaginación. Cristo pudo y quiso permanecer entre nosotros, porque para Dios nada es imposible. Ante su presencia real, donde nos demuestra su ternura infinita, nuestra respuesta es la alabanza, la gratitud y la adoración.
Esta hermosa experiencia la hemos vivido en Cuenca durante los días del Septenario Eucarístico. En cada Eucaristía se han hecho presentes grupos, familias, parroquias, instituciones públicas y privadas, todo el pueblo santo de Dios ha participado. No han perdido vigencia los famosos priostes, los artesanos de la pirotecnia, ni las vendedoras de dulces de Corpus. Más bien hemos visto un crecimiento en el número de fieles que participaron en las misas. La catedral siempre estuvo llena. El pueblo está tomando conciencia de que no existe fiesta del Corpus sin Cristo, así como no existe Navidad sin el Niño Jesús, ni Semana Santa sin la presencia de Jesucristo que muere y resucita por nosotros.
El tema de reflexión para los días del Septenario fue: “Fraternidad para sanar el mundo”. El amor entre los hermanos es tan necesario que sin este vínculo no existiría sociedad. La fraternidad en cuanto familia de Dios, por lo tanto, fomenta la solidaridad original en la diversidad de sus miembros y crea un equilibrio entre ellos. Por lo que la exigencia fundamental de la fraternidad sería la solidaridad original. El Papa Francisco nos recuerda que el mundo ha perdido sensibilidad, solidaridad y que prefiere el individualismo o mirar a un costado. La Iglesia no puede apartar su mirada de la falta de fraternidad social. El hecho de ser católica significa que ella es para todos, para que todos en ella sean familia.
Descubrimos con alegría que nuestro pueblo es piadoso por naturaleza, pero que, a la vez, necesita ser evangelizado para que estas manifestaciones de fe no se queden en la superficie y sin compromiso cristiano.
Cuando los católicos llevamos la Eucaristía por las calles, “no lo hacemos para exhibirnos, ni tampoco para ostentar nuestra fe, sino para invitar a otros a compartir la vida que Jesús da haciéndose don. La Misa no es un acto de culto desvinculado de la vida o un mero momento de consuelo personal; debemos recordar siempre que Jesús tomó el pan, lo partió y se lo dio y, por tanto, la comunión con Él nos hace también capaces de convertirnos en pan partido para los demás, capaces de compartir lo que somos y lo que tenemos” (Papa Francisco).


















































