Para cristalizar nuestros objetivos pastorales, los llamados a colaborar tenemos que respetar el proyecto divino y no desarrollar nuestro propio plan individualista. “Enviada y evangelizada, la Iglesia misma envía a los evangelizadores. Ella pone en su boca la Palabra que salva, les explica el mensaje del que ella misma es depositaria, les da el mandato que ella misma ha recibido y les envía a predicar. A predicar no a sí mismos o sus ideas personales, sino un Evangelio del que ni ellos ni ella son dueños y propietarios absolutos para disponer de él a su gusto, sino ministros para transmitirlo con suma fidelidad” (Evangelii nuntiandi, 15).
Debemos trabajar juntos, evitando todo protagonismo, colaborando junto a los demás en el único proyecto divino. Los servidores del Evangelio no lo hacen sobre ideas o principios propios, sino sobre una persona viva y actual: Jesucristo. A ella han de referirse en todo momento. Una persona que ellos no pueden imaginar o inventar. El Evangelio es uno y nadie puede cambiarlo.
“Los obreros para la mies no son elegidos mediante campañas publicitarias o llamadas al servicio de la generosidad, sino que son elegidos y mandados por Dios. Él es quien elige, Él es quien manda, Él es quien encomienda la misión. Por eso es importante la oración. La Iglesia no es nuestra sino de Dios; ¡y cuántas veces nosotros, los consagrados, pensamos que es nuestra! La convertimos en lo que se nos ocurre. Pero no es nuestra, es de Dios. El campo a cultivar es suyo. Así pues, la misión es sobre todo gracia. Y si el apóstol es fruto de la oración, encontrará en ella la luz y la fuerza de su acción. En efecto, nuestra misión pierde su fecundidad, e incluso se apaga, en el mismo momento en que se interrumpe la conexión con la fuente, con el Señor.
El riesgo del activismo, de confiar demasiado en las estructuras, está siempre al acecho. Si miramos a Jesús, vemos que la víspera de cada decisión y acontecimiento importante, se recogía en oración intensa y prolongada. Cultivemos la dimensión contemplativa, incluso en medio de los compromisos más urgentes y duros. Cuanto más les llame la misión a ir a las periferias existenciales, más unido ha de estar su corazón a Cristo, lleno de misericordia y de amor. ¡Aquí reside el secreto de la fecundidad pastoral, de la fecundidad de un discípulo del Señor!” (Papa Francisco, 07/07/2013).
Los pastores de hoy debemos ser conscientes de nuestra misión: edificar la Iglesia, una familia de puertas abiertas, en salida, solidaria y acogedora. Sin la relación constante con Dios la misión se convierte en función. Hemos sido llamados a ser mensajeros de la Buena Noticia, hombres de paz que deben sembrar fraternidad para sanar las heridas del mundo.
Llamados por el Señor, recientemente han sido ordenados tres diáconos transitorios para nuestra Iglesia de Cuenca: Jaime Portillo, Adrián Chiqui y Fabricio Dávila. Los nuevos diáconos serán destinados a trabajar, junto a sacerdotes con experiencia pastoral, para que, como los 72 discípulos de los que nos habla el Evangelio, sean portadores de la misericordia de Dios. Fortalecidos con el don del Espíritu Santo, ayudarán al Obispo y a su presbiterio en el anuncio de la Palabra, en el servicio del altar y en el ministerio de la caridad, mostrándose servidores de todos.


















































