Existen personas que creen poseer carismas particulares y dones extraordinarios. Visiones, coloquios, curaciones, profecías y supuestos mensajes se escuchan con frecuencia. Proliferan las apariciones marianas no reconocidas. Tenemos que evitar toda confusión y sobrevaloración de estos fenómenos para no caer en errores y supersticiones, descuidando la escucha atenta del Evangelio, revelación del amor de Dios a su pueblo. Para una orientación segura es necesaria una confrontación con la Palabra de Dios, transmitida por la Iglesia. En las fuentes de la revelación y en el magisterio eclesiástico será más fácil encontrar la orientación precisa.
A la hora de evaluar estos acontecimientos, los Obispos hemos de tener en cuenta una serie de criterios detallados por el Dicasterio de la Doctrina de la Fe, como:
La credibilidad y buena reputación de las personas que afirman ser destinatarias de acontecimientos sobrenaturales, la ortodoxia doctrinal del fenómeno, los frutos de vida cristiana y su contribución al crecimiento de la comunión eclesial. Tendrán presente la posible presencia de errores doctrinales o si surge un espíritu sectario que genera división en el tejido eclesial.
También deben observar si existe una búsqueda de beneficio, poder, fama, dinero, notoriedad social, interés personal ligado al hecho, si se cometen actos gravemente inmorales o si se aprecian alteraciones psíquicas o desorden mental.
Los obispos debemos actuar siempre según las indicaciones dadas por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y vigilar todo lo concerniente a estos fenómenos (Cf. Normas del Dicasterio para la Doctrina de la Fe sobre presuntos fenómenos sobrenaturales, 17.05.2024).
Muchas veces estas manifestaciones han producido una gran riqueza de frutos espirituales, de crecimiento en la fe, en la devoción, en la fraternidad y el servicio y, en algunos casos, han dado origen a diferentes Santuarios esparcidos por el mundo que hoy forman parte del corazón de la piedad popular de muchos pueblos, como Guadalupe, Lourdes o Fátima. Al mismo tiempo es necesario reconocer que en algunos casos de acontecimientos de presunto origen sobrenatural se detectan problemas muy graves que perjudican a los fieles, y en tales casos la Iglesia debe actuar con toda su solicitud pastoral.
No se debe ignorar tampoco, en tales acontecimientos, la posibilidad de errores doctrinales, de reduccionismos indebidos en la propuesta del mensaje del Evangelio, la propagación de un espíritu sectario, etc. Existe también la posibilidad que los fieles se vean arrastrados detrás de un acontecimiento, atribuido a una iniciativa divina, pero que no es más que el fruto de la fantasía de alguien, de su deseo de novedad, de su mitomanía o de su tendencia a la falsedad.
La mayor parte de los Santuarios, que hoy son lugares privilegiados de la piedad popular del Pueblo de Dios, no han tenido jamás, en el curso de la devoción que allí se expresa, una declaración de sobrenaturalidad de los hechos que dieron lugar al origen de aquella devoción. El sensus fidelium intuyó que allí existe una acción del Espíritu Santo y no aparecen problemas importantes que hayan requerido una intervención de los Pastores, quienes debemos estar junto al Pueblo de Dios para evitar confusiones de todo tipo y dar las respectivas orientaciones. Lo más importante no son las revelaciones privadas, caracterizadas a veces por ideas obsesivas, sino el encuentro con Cristo vivo, que nos llama a la conversión, viviendo el mandamiento del amor a Dios y al prójimo.


















































