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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

En nuestra misión no buscamos éxito, sino servir con alegría.

En nuestra misión no buscamos éxito, sino servir con alegría.

La palabra apóstol significa enviado. Hace referencia a la llamada de Jesucristo a los discípulos para que continúen con su propia misión: “anunciar el Evangelio por todo el mundo”. El Evangelio no es una ideología que queremos imponer a los demás, sino un mensaje que les ofrecemos. Evangelizar no es hacer proselitismo sino compartir la Buena Noticia: “Dios es nuestro Padre y nos ama”. En nuestra misión no buscamos éxito, sino servir con alegría y dar frutos de obras buenas.
En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se convierte en discípulo misionero. Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por la jerarquía eclesiástica y los religiosos, donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos, largas instrucciones o títulos especiales. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Jesucristo. Ya no decimos que somos «discípulos» y «misioneros», sino que somos siempre «discípulos misioneros». Pensemos en los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús «por la palabra de la mujer» (Jn 4,39). También San Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, «enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios» (Hch 9,20) (Cf. Evangelii Gaudium, 120).
El apostolado es una señal de amistad con Dios y con los demás. Sería muy egoísta guardar el tesoro de la fe dejando que nuestros amigos se vayan por caminos equivocados. Hacer apostolado significa compartir, guiar, orar e iluminar con el buen ejemplo a todos los que nos rodean para que lleguen al encuentro con Jesús.
Aunque este primer anuncio del Evangelio va dirigido de modo específico a quienes nunca han escuchado la Buena Nueva de Jesús o a los niños, se está volviendo cada vez más necesario, a causa de las situaciones de descristianización frecuentes en nuestros días, para gran número de personas que recibieron el bautismo, pero viven al margen de toda vida cristiana, para la gente sencilla, para los intelectuales, para los jóvenes que sienten necesidad de conocer a Jesucristo, amigo y hermano de todos.
Como bautizados, debemos intensificar el apostolado del testimonio, que consiste en actuar correctamente, en privado y en público; el apostolado de la palabra, que es hablar de lo que creemos; el apostolado de la acción, que consiste en organizar, dirigir o colaborar en alguna obra o acción específica de ayuda a los demás, poniendo en práctica las obras de misericordia; el apostolado de la oración, porque sin Dios nada podemos hacer.

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