Cuando llegó el momento de separarse de sus discípulos, Jesucristo no les dejó bienes materiales o un retrato para que recordaran su rostro y su sonrisa; les dejó su Cuerpo y su Sangre: la Sagrada Eucaristía. “Tomen y coman, esto es mi cuerpo… “Tomen y beban, esta es mi sangre, entregada por ustedes…” (Mt 26,26-28). Este gesto del Señor da a entender muy bien lo que fue toda su vida, una entrega total a los demás. En la Eucaristía se queda Él mismo, su persona real, verdadera, resucitada, su vida y su amor. Recibirlo en la comunión es asimilar sus deseos, su proyecto; es emprender su camino.
La celebración de la Misa está encaminada a la Comunión, es decir, a unirnos con Jesús. Celebramos la Eucaristía para nutrirnos de Cristo, que se nos da a sí mismo, tanto en la Palabra como en el Sacramento del altar, para conformarnos a Él. El Papa Francisco nos recuerda que el gesto de Jesús que dona a sus discípulos su Cuerpo y Sangre en la última Cena continúa todavía hoy a través del ministerio del sacerdote y del diácono, ministros ordinarios de la distribución a los hermanos del Pan de la vida y del Cáliz de la salvación.
En la Misa, antes de la Comunión, después de haber partido el pan consagrado, es decir, el cuerpo de Jesús, el sacerdote lo muestra a los fieles, invitándoles a participar en el banquete eucarístico. Conocemos las palabras que resuenan desde el altar: “Dichosos los invitados a la Cena del Señor: he aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Esta es una invitación que alegra y nos empuja hacia un examen de conciencia iluminado por la fe. Reconocemos así que Jesús perdona siempre al pecador arrepentido. Si pedimos perdón, Jesús no se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Al escuchar la invitación a comulgar, decimos, con humildad y sinceridad: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
Según la praxis eclesial, el fiel se acerca normalmente a la Eucaristía en forma de procesión y comulga de pie con devoción, o de rodillas, como establece la norma litúrgica, recibiendo el sacramento en la boca o en la mano, como se prefiera (cf. IGMR, 160-161). Después de la comunión, para custodiar en el corazón el don recibido, nos ayuda el silencio, la oración silenciosa. Prolongar un poco ese momento de silencio, hablando con Jesús en el corazón, nos ayuda mucho, como también cantar un salmo o un himno de alabanza (cf. P. Francisco, Catequesis sobre la Misa, 21 de marzo de 2018).
Debemos respetar la norma litúrgica sobre el modo de comulgar, pues ésta deja al comulgante, no al ministro, elegir la forma de recibir la comunión, de rodillas o de pie, en la boca o en las manos bien dispuestas, pero siempre en estado de gracia y con devoción. Obligar a los fieles a comulgar de una forma determinada, a gusto del sacerdote, sería un grave abuso. La capacidad para escuchar atentamente, la apertura y el trato respetuoso con los fieles laicos son fundamentales para formar una Iglesia misionera, en camino sinodal.


















































