En la formación de aquellos a quienes Cristo llama a la vida sacerdotal y en el discernimiento de su vocación, la primacía de la acción del Espíritu Santo exige una recíproca escucha y cooperación entre los miembros de la comunidad eclesial: sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos.
En el documento sobre la formación sacerdotal, denominado “El don de la vocación presbiteral”, de 2016, elaborado por el Dicasterio para el Clero, se afirma que todos los miembros de la comunidad diocesana son corresponsables de la formación presbiteral, en diversos niveles, modos y competencias: el Obispo, como Pastor responsable de la comunidad diocesana; el presbiterio, como ámbito de comunión fraterna en el ejercicio del ministerio ordenado; el equipo formador del Seminario, como mediación espiritual y pedagógica; los profesores, ofreciendo el apoyo intelectual que hace posible la formación integral; el personal administrativo, los profesionales y los especialistas, con su testimonio de fe y de vida y su competencia; finalmente, los mismos seminaristas como protagonistas del proceso de maduración integral, junto con la familia, la parroquia de origen y, eventualmente, las asociaciones, movimientos u otras instituciones eclesiales.
El obispo es el primer responsable de la formación para el sacerdocio. Para cumplir con su misión, debe conocer a los formandos, por medio de las visitas semanales al seminario, el diálogo y la escucha, la celebración de la Eucaristía y el encuentro fraterno. Con los sacerdotes responsables del seminario debe mantener contactos frecuentes para orientarlos y animarlos en su acción y buscar que entre ellos reine un espíritu de plena armonía, comunión y colaboración.
Tanto la familia como la parroquia de origen o de referencia y, a veces, otras realidades eclesiales comunitarias, contribuyen a sostener y nutrir, de modo significativo, la vocación de los llamados al sacerdocio, tanto durante el período de la formación, como a lo largo de la vida del presbítero. Todas las parroquias de la arquidiócesis deben sentirse corresponsables de la formación de los futuros pastores del pueblo de Dios. Teniendo sacerdotes bien formados, con espíritu eclesial y misionero, toda la Iglesia gana y el servicio a nuestras comunidades será cada vez más efectivo y cercano. Para tener santos sacerdotes debemos acompañarlos en su proceso formativo, especialmente con la oración, porque solo Jesús, Buen Pastor, nos dará pastores según su corazón, que sepan servir a su pueblo con valentía y misericordia.
Además de la oración por las vocaciones, también debemos apoyar económicamente a nuestro seminario San León Magno, como signo de generosidad, madurez y responsabilidad de todos los fieles. Qué importante es para nuestros seminaristas sentirse respaldados por personas generosas a lo largo de todo el camino de su formación. Solo así será posible lograr que ninguna vocación sacerdotal se pierda por falta de medios económicos.
Dios mediante, el 19 de marzo serán ordenados 4 nuevos sacerdotes, formados en el Seminario Mayor de Cuenca. Nos alegramos con ellos, damos gracias a Dios porque nos mira con misericordia y nos comprometemos a colaborar, tanto las familias como cada una de las parroquias, en la formación de nuestros pastores.


















































