El 19 de marzo celebraremos la ordenación de cuatro nuevos sacerdotes para nuestra Arquidiócesis de Cuenca. Será una bendición poder contar con nuevos pastores para un pueblo que busca a Dios y espera encontrarlo por medio del trabajo humilde, fiel y generoso de sus pastores.
La vocación sacerdotal es un encuentro con Cristo para prolongar su misión. Los apóstoles son enviados para anunciar a las gentes la riqueza del amor de Dios. Evangelizar significa llevar la Buena Nueva a todos los ámbitos. Evangelizar es dar testimonio de una manera sencilla y directa de la cercanía de Dios.
Tenemos la seguridad, fundada en la fe, de que el Señor no permitirá que jamás falten a su Iglesia los ministros que Él mismo dispuso que la rigieran, la iluminaran con la doctrina y la pastorearan con los múltiples cuidados, principalmente los sacramentos. Pero también ha querido Dios que la Iglesia entera se comprometa en la búsqueda, el descubrimiento y el cultivo de las vocaciones para el sagrado Ministerio. La vocación la da Dios, pero tiene que cultivarla la Iglesia en su conjunto y cada fiel en particular. En la conducta de Jesús, en los comienzos de su predicación se constata este hecho: unos Apóstoles llaman a otros: a su hermano o a su compañero de labores de pesca, a su amigo y aun al desconocido.
Se requiere una gran movilización de los católicos para secundar los deseos redentores de Jesucristo. Él nos sigue pidiendo que acudamos a la oración para implorar que el Padre envíe operarios a su mies: La mies es mucha, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al dueño del campo que envíe trabajadores a su mies.
Conviene que nos preguntemos si nos tomamos realmente en serio este encargo divino: ¿Si estamos cumpliendo el mandato de Jesús, si nuestra oración es constante, para alcanzar el don magnífico de muchas y muy santas vocaciones sacerdotales?
A veces nos quejamos de no tener la debida atención pastoral, y hay real fundamento para esas lamentaciones, pero lo importante es considerar la parte de responsabilidad personal de cada uno. Si no rezamos insistentemente por las vocaciones sacerdotales, no las tendremos. Si no se cultiva en cada hogar cristiano el amor de Dios, la enseñanza del catecismo a los niños y jóvenes; si no se dan buenos ejemplos en las familias cristianas; si no se forman grupos de jóvenes con inquietud de hacer el bien: si no se ponen todos los medios al alcance, ¿cómo podemos esperar abundantes frutos?
La vocación es don y tarea, fuente de vida nueva y de alegría verdadera. Que las iniciativas de oración y animación vocacional puedan reforzar la sensibilidad vocacional en nuestras familias, en las comunidades parroquiales y en las de vida consagrada, en las asociaciones y en los movimientos eclesiales. Que el Espíritu del Señor resucitado nos quite la apatía y nos conceda simpatía y empatía, para vivir cada día regenerados como hijos del Dios Amor (cf. 1 Jn 4,16) y ser también nosotros fecundos en el amor; capaces de llevar vida a todas partes, especialmente donde hay exclusión y explotación, indigencia y muerte. Para que se dilaten los espacios del amor y Dios reine cada vez más en este mundo (Papa Francisco, Mensaje por la Jornada Mundial de las vocaciones 2023).


















































