A todos nos gusta escuchar las homilías y reflexiones del Papa Francisco, porque habla con sencillez, claridad y profundidad. Sus homilías conectan el Evangelio con las actividades ordinarias de nuestra vida, no son largas, ni pierde el tiempo divagando sobre cosas intrascendentes.
En la Evangelii Gaudium, el Papa nos presenta algunos consejos que sirven tanto al predicador como a quienes lo escuchan, para que aprendamos a valorar este momento tan importante de la celebración eucarística y no caigamos en el error de quedarnos en la superficie, extasiados ante un florido discurso sin contenido teológico, espiritual y vivencial.
La homilía es un momento de diálogo entre Dios y su pueblo, no entre el sacerdote y sus fans. La homilía no puede ser un espectáculo entretenido, no responde a la lógica de los recursos mediáticos, pero debe darle el fervor y el sentido a la celebración. Es un género peculiar, ya que se trata de una predicación dentro del marco de una celebración litúrgica; por consiguiente, debe ser breve y evitar parecerse a una charla o una clase.
En la predicación se debe buscar que el Señor brille más que el ministro. Este debe hablar como una madre que le habla a su hijo, sabiendo que el hijo confía que todo lo que se le enseñe será para su bien porque se sabe amado.
En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien.
Nada se improvisa. La preparación de la predicación es una tarea tan importante que conviene dedicarle un tiempo prolongado de estudio, oración, reflexión y creatividad pastoral. La confianza en el Espíritu Santo que actúa en la predicación no es meramente pasiva, sino activa y creativa. Un predicador que no se prepara no es «espiritual»; es deshonesto e irresponsable con los dones que ha recibido.
Siempre se debe prestar toda la atención al texto bíblico, que es la base de la predicación, no los anuncios de prensa o las afirmaciones sin fundamento que diariamente aparecen en las redes sociales. Para poder interpretar un texto bíblico hace falta paciencia, abandonar toda ansiedad y darle tiempo, interés y dedicación gratuita. La preparación de la predicación requiere amor. Uno solamente le dedica tiempo a las cosas y a las personas que ama.
Nos hace bien renovar cada día, cada domingo, nuestro fervor al preparar la homilía, y verificar si en nosotros mismos crece el amor por la Palabra que predicamos. No es bueno olvidar que “en particular, la mayor o menor santidad del ministro influye realmente en el anuncio de la Palabra de Dios”. Si está vivo este deseo de escuchar primero nosotros la Palabra que tenemos que predicar, esta se transmitirá de una manera u otra al Pueblo fiel de Dios.
“En esta época la gente prefiere escuchar a los testigos antes que a los maestros” (San Pablo VI). Exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos conocen y tratan familiarmente. Lo indispensable es que el predicador tenga la seguridad de que Dios lo ama, de que Jesucristo lo ha salvado, de que su amor tiene siempre la última palabra. Esta es la verdad que debemos predicar a nuestro pueblo.


















































