El Evangelio de san Lucas nos presenta dos oraciones marianas que hoy conocemos de memoria y recitamos diariamente: el Ave María y el Magnificat.
El Ave María está formada por las palabras del saludo del Ángel Gabriel y de santa Isabel a la Virgen María. Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre Estas palabras, llenas de fe, alegría y asombro, se han convertido en parte del Ave María. Cada vez que rezamos esta oración, tan hermosa y conocida, hacemos como Isabel: saludamos a María y la bendecimos, porque ella nos trae a Jesús.
Todas son palabras del Evangelio con las que saludamos a nuestra Señora. Pronunciamos esta oración que, junto al Padre Nuestro, conocemos desde la infancia, porque nuestros padres y abuelos nos enseñaron a saludar a la Virgen como lo hiciera el ángel y su prima Isabel. Entonces debemos tener la certeza que cuando rezamos el Ave María reconocemos que en la vida no estamos solos, tenemos una Madre que nos escucha y protege. En la Iglesia, que es nuestra familia, no somos hijos huérfanos, así como cada día invocamos a Dios como Padre, según la enseñanza de Jesús, también nos dirigimos a María como Madre de Dios y Madre nuestra.
Otra oración maravillosa que aparece en el Evangelio de Lucas es el Magnificat. Son las palabras que María pronunció, movida por el Espíritu Santo en casa de Isabel.
Es un canto que revela con acierto la espiritualidad de los pobres de Yahvé, es decir, de los que se reconocían pobres no sólo por su alejamiento de cualquier tipo de idolatría de la riqueza y del poder, sino también por la profunda humildad de su corazón, rechazando la tentación del orgullo.
El Magníficat es un canto orante, es alabanza, acción de gracias, alegría, fruto de la gratitud. A través de esta oración podemos comprender que la Virgen Madre es consciente de que tiene una misión que desempeñar en favor de la humanidad, así puede decir que la misericordia de Dios llega a sus fieles de generación en generación. Con esta alabanza al Señor, la Virgen se hace portavoz de todas las criaturas redimidas, que encuentran la misericordia de Dios.
“En este cantico se revela el estilo del actuar de Dios: se pone de parte de los pobres. Su proyecto a menudo está oculto al proceder humano y mezquino del mundo, donde triunfan los soberbios, los poderosos y los ricos. Con todo, está previsto que la fuerza de Dios se revele al final, para mostrar quiénes son los verdaderos predilectos de Dios: Los que le respetan, fieles a su palabra, los humildes, los que tienen hambre y sed de justicia, es decir, la comunidad del pueblo de Dios que, como María, está formada por los que son pobres y sencillos de corazón. Este cántico nos invita a ser realmente miembros del pueblo de Dios con pureza y sencillez de corazón, con amor a Dios y a los hermanos Benedicto XVI.


















































